UNA BIOGRAFIA DE DISCEPOLO ESCRITA POR MORDISQUITO
Así titulamos hace unos años un comentario crítico sobre el libro de Sergio Pujol “Discépolo, una biografía argentina” (Bs. As., Emecé, 1997). “Mordisquito”, como se sabe, era el nombre con el que Enrique Santos Discépolo había bautizado al interlocutor de sus charlas por Radio del Estado en 1951. En él se encarnaba la figura del opositor recalcitrante, incapaz de ver ninguno de los logros obtenidos por el gobierno peronista de entonces. Como el libro de Pujol sigue siendo hoy una obra de consulta obligada para los interesados en la obra del autor de “Uno”, creemos que no está de más transcribir este artículo, a nuestro juicio esclarecedor, publicado en la sección de lectores del diario “El Día” de La Plata hace ahora una década.
Todo aquel que aborde, sin preconceptos y con un mínimo conocimiento del tema el reciente libro sobre Discépolo del historiador y musicólogo Sergio Pujol, reconocerá en el texto una serie de ascendientes prestigiosos que se remontan al Borges de la “Historia Universal del la Infamia”, legatario a su vez de las no menos célebres “Vidas imaginarias” de Marcel Schwob.
Aunque, claro, en estos casos se trata de biografías más o menos ficticias de personajes supuestamente reales, que en ningún momento pretenden ser otra cosa que obras de ficción.
En cambio, el historiador Pujol, que en ese brumoso terreno donde se confunden lo real y lo imaginario se mueve con la soltura de Alejandro Dumas o de Walter Scott, juzga haber escrito una biografía basada en datos y testimonios rigurosamente históricos (Cfr. reportaje en diario “El Día”, Sección Literaria, 20-4-’97). Encomiable esfuerzo heurístico, sin duda, pero que a nuestro juicio naufraga irremediablemente bajo el peso de la tradición oral, generalmente interesada y peligrosamente próxima al comadreo barrial, que vertebra su biografía de principio a fin.
En la citada entrevista, Pujol asevera que su obra “no es una interpretación más de Discépolo” sino “una investigación original”, pero de hecho, implícita o explícitamente, vemos emerger de ella la gastada leyenda del Discépolo que traduce en letras de tangos sus frustraciones amorosas individuales (léase Tania donde la historia escribió “Década Infame”) y una cosmovisión pesimista y resentida forjada durante su infancia de sufrido huérfano educado por tías ricas y sacerdotes autoritarios; en síntesis, la remanida teoría de los viejos glosistas radiofónicos –más tributaria de Shirley Temple que de la realidad concreta-, potenciada no casualmente a partir de la adhesión plena de Discépolo a una bandería política de signo popular.
Éste, que es uno de los temas cruciales de la vida (y muerte) del autor de “Cambalache”, lo despacha Pujol en un parágrafo del último capítulo –menos de veinte páginas sobre un total de casi cuatrocientas-, pero, sobre todo, sin asignarle la trascendencia que merece.
Así, las reveladoras charlas de “Pienso y digo lo que pienso” –que le hicieron decir a Jauretche que hay un Discépolo anterior y otro posterior al 45- serán superficialmente analizadas con argumentos y lenguaje dignos de Mordisquito: la coacción del gobierno (“el régimen”, en la terminología de Pujol)sobre sindicatos, profesionales, empleados y artistas opositores habría sido silenciada por Discépolo, culpable también de no citar en su enumeración de logros peronistas “los antecedentes de leyes socialistas y radicales” ni contemplar la posibilidad de “un debate sobre los modos más eficaces y honestos de llevar a cabo la transformación del país” (p. 332). El mismo autor, que en referencia a opiniones sobre la guerra civil española había censurado “cierta vaguedad y tibieza” discepolianas, “en un momento de polarización de los intelectuales y de la opinión pública argentina” (p. 223), reclama ahora –en que la polarización es mucho más marcada y con un importante acto eleccionario a la vista-, que Discépolo sea “vago y tibio” con una oposición que, por otra parte, ya incursionaba decididamente en la acción conspirativa y llanamente terrorista.
Resulta, además, paradójico que el casi omnisciente narrador novelístico que siembra su libro de expresiones como “Discépolo intuyó”, “Discépolo pensó”, “Discépolo sintió”, afirme que “ quedaría sin resolverse el enigma de la autoría de los textos encarnados por Discépolo”, cuando la chispa discepoliana está notoriamente presente en todos y cada uno de esos textos. ¿O será que tender un manto de bruma sobre el verdadero responsable de las charlas, conviene a la imagen trazada por Pujol de un Discépolo que acepta participar a regañadientes de esas audiciones, por miedo a que Apold…lo deje sin trabajo?
Persistiendo en ese curioso criterio metodológico, Pujol dejará de lado otro importante asunto, latente desde que en la década del ‘60 fuera puesto en letras de molde por Norberto Galasso: la discutible paternidad de grotescos como “Stéfano”, “Mateo” o “Relojero”, firmados exclusivamente por Armando Discépolo (“el hermano bueno”, según surge del texto pujoliano), pero también atribuidos por diversas fuentes a la vena creadora de Discepolín. Pujol, que por seguir la tradición oral de Mordisquito y su prole se ubica en muchos momentos a la altura de un Lucho Avilés o, peor aún, de un Tomás Eloy Martínez, no pronuncia empero un solo juicio sobre esa falsificación que suelen comentar sotto voce quienes conocieron bien a ambos hermanos.
Un respetable investigador ya desaparecido, Enrique Barba, sostenía que el historiador además de dominar todos los resortes técnicos de su profesión, debía contar con una virtud adicional: “tener calle”, o dicho en otras palabras, ser dueño de esa sensibilidad popular que libros y universidades no suelen prodigar convenientemente. Esta sabia reflexión del profesor Barba cabe perfectamente al autor del trabajo comentado, quien, pese a lo arduo de su investigación y al ingente volumen de su ensayo, termina afirmando candorosamente en la entrevista citada que, en su opinión, “Discépolo sigue siendo un gran misterio”. Nos alegra, por lo menos, concordar en ese punto con Pujol. Para él, Discépolo sigue siendo un gran misterio.
Juan Carlos Jara.

Rodrigo Suárez dijo
He leído con mucho agrado esta nota. Coincido plenamente oon todo. Estudié mucho tiempo a Discépolo y creo que Pujol es realmente un Mordisquito. La antipatía de Pujol por Discépolo es imprsionante. Hay un momento en que lo llama "el hermano menor del gran Armando". El libro es peyorativo en muchas oportunidades con Enrique. Lo peor es que Pujol tira en la cara de los lectores el hecho de haberse documentado más que nadie, da a entender en entrevistas que su biografía es la única "seria". En fin. Yo creo que no lo pudo entender a Discépolo porque lo odia, y al pueblo también lo odia.
15 Enero 2009 | 03:59 PM